España tiene una de las regulaciones más estrictas de Europa en cuanto a explotaciones ganaderas, pero su solución depende de las comunidades.
Cualquiera que se preocupe por la calidad de lo que come sabe que un pollo de corral alimentado de forma natural con pienso y al aire libre es mucho más sabroso y de mayor calidad que un pollo criado en una macrogranja. También que hay una gran diferencia entre el jamón de un cerdo que se alimenta de bellotas en un campo y en libertad y el de un animal engordado con piensos y sin apenas espacio en una macrogranja. Es decir que la forma de criar los animales no solo tiene efectos negativos sobre la calidad de la carne sino sobre el medio ambiente y también sobre la salud porque bien se sabe que en las explotaciones intensivas se utilizan antibióticos y medicamentos de forma preventiva para evitar infecciones y ese es uno de los factores que más contribuye a la aparición de bacterias resistentes.
Alberto Garzón, Ministro de Consumo, dijo en una entrevista la semana pasada que hay grandes diferencias entre la ganadería extensiva que practican todavía la mayor parte de los pequeños productores de carne de la España rural y la ganadería intensiva, formada por grandes explotaciones capaces de criar miles de cabezas de ganado en tiempos cada vez más cortos. El problema que tenemos es que la política española está tan envenenada que es posible convertir unas declaraciones sobre un hecho tan elemental y conocido en munición de una guerra política, y es por lo que varios partidos políticos han criticado y menospreciado la aportación de Alberto Garzón.
Noticia realizada por: Samuel Lozano


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